En Chile todos nos conocemos; en el mundo bien poco se conocen unas a otras las naciones que viven y reinan sobre su superficie. Sería, pues, tan ridículo que los chinos se rieran de nuestra ignorancia, porque muy pocos sabemos que Nankin no es trapo sino que ciudad, cuanto que nosotros nos enfadáramos porque en la China ni siquiera se sospecha que existimos por acá.
He hecho esta digresión para poder disculpar más a mis anchas al oficinista parisiense que debió extender mi pasaporte para Chile, y que no lo hizo porque no quise sentar bajo mi firma que Chile y México eran una misma y sola cosa.
- ¿De qué país es usted, caballero? - me preguntó el oficinista.
- De la República chilena.
- ¿Cómo dice usted?
- De Chile, señor.
- ¿Que está usted diciendo? ... Chile, ¡vaya un nombre!
- Sí, señor -repuse azorado-; de Chile, república americana; ¿qué tiene de extraño este nombre?
- ¡Ah, ah! ¿De l`Amérique,eh? ... Chili... Chile, aguarde usted..., Chile. Dígame usted más bien, caballero, ¿de qué pueblo es usted?, porque del tal Chili no hago memoria.
- De la ciudad de Santiago, señor.
- ¡Anda, diablo! - exclamó entonces el sabio oficinista -; ¡acabará usted de explicarse! - y volviéndose a su escribiente, le dictó estas palabras:
"V. Pérez Rosales, natural de Santiago de México".
Al oir semejante atrocidad, exclamé echando un voto:
- De Chile, que no de México.
- Pues mándese mudar de aquí - dijo entonces, alzándose de su asiento, el geógrafo francés -, y no me vuelva a entrar en mi oficina antes de averiguar mejor cuál es su patria.
[Recuerdos del pasado; Vicente Pérez Rosales]